CHEMA RODRIGUEZ
Director Meta 2Mil
Ahora que nuestros gobernantes inventan leyes para justificar la expulsión de los árabes, de los africanos o de los sudamericanos de nuestras tierras y que los campos de mi Andalucía sienten las caricias de las rudas manos de los inmigrantes, que trajinan el terruño con la misma habilidad y necesidad que lo hicieran los aceituneros altivos jiennenses de las coplas de Miguel Hernández, siento la necesidad de proclamar mi condición de emigrante e inmigrante, que las dos cosas he sido, como lo fuera mi padre que en paz descanse. Y quiero también reivindicar la condición de emigrante e inmigrante de parte de la familia Cuevas, y digo parte porque mi amigo Luis y su paciente esposa tienen ya nietos malagueños. Somos, Luis y yo, como emigrantes e inmigrantes, un poco de todas partes, y compartimos más de una similitud en el trasiego de nuestras vidas. Donde hay vino bebemos vino y donde no lo hay saciamos nuestra sed con agua fresca. Somos gente sencilla que compartimos sueños, ambiciones, desalientos y alegrías; que amamos a la familia, respetamos a los amigos y veneramos nuestro trabajo.
Sé que Luis Cuevas quiere a Valencia porque es hijo de esta bendita tierra, como quiere a Cataluña porque creció y conoció el amor al son de la sardana y a la sombra de Montserrat, como quiere a Andalucía porque encontró en su hospitalidad el éxito profesional que tanto merecía su empeño y su trabajo. Maleta arriba, maleta abajo, levantándose una y otra vez, empezando de cero más de dos veces, Cuevas ha conseguido tener lo que todo hombre de bien desea: una gran familia y una gran empresa. Luis Cuevas es alguien en el mundo del ciclismo. Su empresa es ejemplo de seriedad y crece al ritmo del impulso de sus hijos; su Vuelta, la Vuelta a Andalucía, es la Vuelta de mi tierra, y yo, como emigrante andaluz y como inmigrante valenciano, me siento orgulloso de ser paisano y, sobre todo, de ser su amigo.
No ha sido el de Luis Cuevas en Andalucía un camino de rosas. Nadie le ha regalado nada, porque nadie regala nada a los inmigrantes, ni aun a los de fronteras adentro. Superó la dificultad del idioma y del acento catalán, se amoldó al horario y a las costumbres de la Andalucía indolente y maravillosa, sembró compromiso y trabajo y recogió respeto y amistad. Ahora es un andaluz más, pero obtener la "nacionalidad" y el reconocimiento le ha costado lo suyo.
La Vuelta a Andalucía está a punto de desplegar su monumental tramoya de camiones y vallas. El personal de trasiego, el que suda antes y después que los ciclistas, ya no habla catalán. Y es posible que cualquier día se mezcle el dulce sonido de algún idioma o dialecto desconocido con el gracejo andaluz entre los instaladores de metas y de pancartas. El futuro de la colla trabajadora será, al igual que lo es desde hace mucho tiempo en el seno del pelotón, multiétnico. Que nadie se extrañe si dentro de algunos años empiezan a poblar el pelotón ciclista hijos de marroquíes, de ecuatorianos o de cualquier otra nacionalidad a los que haya inoculado el virus ciclista, desde el borde de las carreteras de El Ejido y de otros pueblos andaluces, la contemplación del paso de la carrera. En las pupilas de los ojos grandes y abiertos de los niños inmigrantes podremos leer, a poco que nos detengamos a hacerlo, el futuro de todos nosotros.